Doña Amparo
cumplió el Domingo noventa años; la hija mayor,
María Elena, me venía diciendo desde días atrás las ganas que tenía de hacerle
un regalo exótico a esa gallega sufrida y sensible. Yo, Estela,
vecina y amiga, era la principal confidente de María Elena y su hermana Carmen.
Sabía de las privaciones que sufrieran
en vida del padre; recién con el casamiento de la mayor las cosas habían
cambiado, ahora era el momento del gran regalo, sobre todo porque el cumpleaños
de doña Amparo coincidía con el día de la madre.
Habían
preparado bocaditos caseros a granel, “Para no gastar tanto, sabés, Estela”. A
eso del mediodía caerían en dos coches, “de sorpresa”, los parientes de afuera.
Arrimaron
a la mesa grande de la cocina, con manteles planchados, y desde temprano las
ayudé a decorar el comedor con globos y guirnaldas. Fuentes inmensas de
pascualinas, presas de pollo, canapés con mariscos, pancitos de viena con pasta
de anchoa, gaseosas, vino y jerez bien distribuidos completaban el ambiente de gran
recepción.
Recién
a la noche de ese día atando cabos, caí en la cuenta de que fue Carmen la que desparramó entre los vecinos lo del
regalo. Empezaron a llegar esos del otro lado, la gorda de la esquina con la
hija y el novio, el carpintero José con
la mujer y los chicos, mocosos
insoportables, los de la premoldeada da la vuelta, que son como cinco, y varios
más, la cosa es que se juntaron como veinte, todos con la excusa de “saludar a
doña Amparo” y ver “la cara que ponía” al desempaquetar el regalo.
Porque
todos sabían de qué se trataba el regalo; Carmen la bocona, no se había privado
de contarles que María Elena en su coche se dedicó la semana entera a buscar un
canario flauta, la locura de la madre. No pudo conseguirlo rojo-rojo, pero era, decían, de un naranja
casi bermellón; lo ubicó en una jaula dorada, salida de las mil y una noches, -
también había contado Carmen. “Y estaba envuelta en un papel metalizado, a lunares, y abrazada con una
ancha cinta amarilla terminada en un moño gigantesco”.
Cuando
María Elena trajo el regalo desde el dormitorio y lo acomodó en un extremo de
la mesa grande, el paquete era tal como lo habíamos imaginado. Pensé que María Elena sin escatimar, había
comprado la jaula y el canario más impresionantes que pudo encontrar.
Faltaba
“arreglar “ a doña Amparo, eran las diez de la mañana y ya estaba medio barrio
rodeando las mesas, los chicos se acercaban peligrosamente a las fuentes y me
extrañó que María Elena, con su carácter violento, no les hiciera alguna
advertencia; de Carmen no digo porque era muy permisiva. Tomé cartas en el
asunto y les pedí a las mujeres que no
tocasen la comida, que esperaban gente de afuera. Me miraron con desprecio como
si fuese una entrometida.
Habían
traído un casette, “Color esperanza”, que me hacía acordar a “La felicidad”,
también de tiempos difíciles. Terminaba y lo volvían a pasar, ya me tenían
llena. En medio de la algarabía sonó un moquetazo, la mujer del carpintero
sorprendió a uno de los chicos con la boca y los bolsillos desbordando
pastafrola. El novio tenía arrinconada a la hija de la gorda y le metía la
lengua en la boca, como aprendieron en la televisión. Alguien los aplaudió;
saludaron orgullosos. Como mujer, me daban asco esta juventud y toda esa gente
indiscreta... (Seré antigua).
Al fin apareció
doña Amparo, de la mano de la hija mayor: Estaba hecha una muñeca de noventa
años, con el pelo tan blanco recogido y el vestido celeste de manga larga. Entre
los aplausos y los silbidos la pusieron frente al regalo; era el momento
decisivo. Se hizo el pequeño silencio y la vieja suspirando acarició el papel.
-Desatá el moño
Mamá, rompé el papel, es todo tuyo.
-Dele, doña
Amparo, estamos impacientes
-Queremos ver,
abuela, corte la cinta.
La
vieja no se atrevía. Fue Carmen la que
se animó a romper el papel a lunares, mientras la madre abría y cerraba la boca
como un pescado fuera del agua. La jaula dorada, cargada de arabescos y flores
en relieve, albergaba un atribulado canario casi- rojo, como se había
comentado. El pájaro, todavía trastornado por el encierro, se balanceaba en un
trapecio. Me acerqué pidiendo permiso, para observarlo de cerca. Era de veras
hermoso, parecía pintado a mano, con el casquete rojo degradando en naranja
subido; para terminar amarillo en la cola y las puntas de las alas. Se había
afirmado al trapecio con ojos de
asombro y ladeaba la cabecita de uno al otro lado.
Aún
sigo creyendo que para esa vieja fue demasiado. La aparición del pájaro la
superó. Lanzó un alarido agudo(porque fue un alarido) que nos llenó de espanto,
un grito tan potente que debe haber alcanzado los más altos decibeles de la
escala humana, o la expresión máxima de un sonido natural.
Yo, que estaba más cerca que nadie del
canario, con la cara contra la jaula, lo vi en esos segundos que duró el
alarido. Cerró los ojos con esa membrana que tienen de párpado las aves, aflojó
las patas del trapecio, cayó del pico contra el piso de chapa dorada con las
alas bien abiertas, y en un esfuerzo final, hundió la cabeza en el bebedero.
Jorge Grosclaude