En el Numero 7 de la Revista
el Rescoldo versión impresa,
Sale este articulo de Luis Aguirre ( Fundador y
director de la misma) que ahora subimos para ustedes.
Uno nace en un lugar, y de
por sí, arrastra con la carga de emparentarse con su comarca, (raíces, que le
dicen vio) cultural y hasta genéticamente en algunos casos; y no somos la
excepción a la regla.
Pero más allá de esta
mochila de bagajes ajenos; de quereres y pareceres hereditarios, de dudas o
prejuicios comunes al clan, estamos nosotros, nosotros que muchas veces, (diría
muchísimas) sufrimos, más de lo que nos enriquecemos de estos motes.
Emparentados con todas las
razas, gracias al viejo truco de abrir los brazos a "todos los que tengan buena voluntad..." gozamos de
un cocktail de costumbres ancestrales que se sirvió para hacer de nosotros, los
argentinos, una especie híbrida, que muchas veces, atenta hasta contra nuestra
misma razón.
Pero respetuosos a que todo
va cambiando, y a que los tiempos que corren, son de alguna manera, tiempos fundacionales, habría que ir pensando en replantearnos un
tanto nuestra vista sobre las cosas, "hay que salir del agujero
interior" dice una letra de rock y a decir verdad, parecería ser una
propuesta bastante atinada.
Lo cierto es que muchas
veces parecemos estatuas de sal, a quienes algún Dios o Diosa hubiesen
conjurado a la eterna inmovilidad, algo parecido a nuestros próceres;
acartonados; serios; incapaces de una puteada o de la traición de sus
esfínteres.
Y será tal vez, esa misma
educación, pacata y estructurada, la que a la hora de un cambio trascendente en
nuestras vidas, nos juega la mala pasada de la duda, o lo que es peor, de la
insatisfacción. De refregarnos por la
cara "serás lo que debas ser; o sino no serás nada" como si todo
pudiese, o debiese tener una única
salida, absoluta y total, y nosotros los incapaces de poder tomar esa decisión;
o algo un poco más popular, pero no por eso menos coercitivo como " un
hombre macho no debe llorar".
Lo cierto es que ante una
sociedad globalizada, hasta en los más
íntimos lugares, el quedarse sobre el pedestal a la expensa de caja en que
quepamos perfectos, es de alguna manera, un suicidio social.
Debemos pues, digo, comenzar
a "desesculpirnos", (aunque la sombra de Don Ramón Menéndez Pidal me
castigue por acuñar este termino) a trabajar con cincel fino desde arriba, e ir
fijándonos si bajo aquella fachada
pétrea, algo queda en nuestro interior,
que podamos rescatar en pos de nosotros mismos.
Tal vez así, y solo así, descubramos que no eran
tantas las culpas o los errores de los que hacernos cargo,(o sí) y que aún en
los peores casos de que existiera, es de por sí, parte de nuestro propio
crecimiento, no solos como seres individuales, sino como una sociedad en busca
de su identidad.
Quizá algún desprevenido,
vera tras estas palabras, las garras de un monstruo posmodernista, que como
un Godzilla hambriento, arrasa
principios o tradiciones intentando saciar su apetito consumista o frívolo, en
busca de una anarquía marketinera. Pues nada más equivocado que eso; y aquellos
que conocen la línea argumental de la revista, sabrán que lo que digo es
cierto; ya que siempre se abogó desde este medio por la recuperación de nuestra
tradición, y la búsqueda de nuestra identidad; pero también es cierto, que
tenemos que empezar a revisar y a decidir, que estatuas ponemos en donde; y con
qué historia nos hemos de sentir orgullosos o avergonzados.
No se trata pues, de renegar
de los sucesos que nos precedieron, ni siquiera, de un revisionismo atrevido,
contra nuestras costumbres.
No se trata de ningún
atropello premeditado contra lo establecido, sino, de esperar en la boca del
alambique, las nuevas destilaciones, de una historia pasada, que no siempre, se
nos presento cristalina.
Podemos tranquilamente
buscar nuestra identidad y abrevar en las fuentes de nuestros más lejanos y
secretos sucesos, no solamente históricos, sino culturales y sociales, y no por
ello sentir como irrespetuoso, la necesidad de un cambio; de un agiornamiento
necesario como para mantener el equilibrio, en un mundo de una dinámica, que
por cierto no da respiro.
No traicionamos a nadie,
cuando decimos que nos damos cuenta de
que "no somos derechos y humanos", no tenemos porque hacer
penitencia, si descubrimos que el hambre en Zambia, no logro arrancarnos una
lagrima, ni sepáranos del vermouth con ingredientes del domingo; en todo caso;
deberíamos analizar, si con esa
actitud, estamos o no de acuerdo; o si este desentenderse, obedece a otros
factores, que van más allá de la mera solidaridad.
Vernos hacia adentro, y
aceptarnos como somos, para poder cambiar, si es necesario.
Si logramos este cometido, podremos decir, sin lugar a
dudas, que habremos consolidado nuestro verdadero sentir nacional, y que este,
en el marco de otro teatro mucho más grande como es la sociedad toda, nos ha
servir como una provechosa herramienta; si no es así, algo nos esta saliendo
mal... si no es así, formaremos parte de la larga fila que entronizo a Borges
cuando dijo " he cometido el peor de los pecados... no he sido feliz."
Luis Aguirre